viernes, 13 de noviembre de 2009

EL TEATRO QUE NO VEMOS


por Natalia Serna Borrero

Nos encontramos en una época histórica conocida como postmodernismo. Este periodo se caracteriza por la masificación de los medios de comunicación, la aparición de las TICs (Tecnologías de la Comunicación y la Información) y la pérdida gradual del interés en materia social.
En Colombia, el contexto político está demarcado por la pluralidad de partidos y la consolidación de un Estado social y democrático de Derecho en el que se deben buscar garantías efectivas para los derechos fundamentales, económicos y culturales, un Estado en el que debería primar la idea de una democracia participativa. Sin embargo, tales objetivos no son alcanzados debido a la corrupción del sistema: por un lado, lo social se caracteriza por los problemas sanitarios, la violencia, la escasa cobertura del sistema educativo, los niveles crecientes de pobreza e indigencia y, por las altas tasas de desempleo; por otro, lo económico está determinado por una crisis financiera, la disminución de las exportaciones no tradicionales que representan el mayor porcentaje del PIB y por la revaluación del peso que pone en aprietos al Banco de la República. Ambos contextos sugieren la urgente necesidad de encontrar medios de expresión y de denuncia ante los atentados que se cometen contra nuestra integridad -personal o grupal- y ante las violaciones de nuestros derechos. Pues, aunque existen mecanismos de defensa avalados por la Constitución, la población en general no los conoce o tramitan.
Las nuevas organizaciones capitalistas, cuyo afán de lucro pasa por encima de la ética, generan una fragmentación de la conciencia (se debaten entre asegurar el bienestar personal o el colectivo), razón por la cual se vuelven incapaces de desarrollar proyectos con sentido social. Esta situación, aplicada al campo de las artes, supone que la mentalidad capitalista limita la capacidad de crear narraciones e historias que representen los intereses de la sociedad.
De ahí que las instituciones teatrales hayan modificado sus procesos de creación respondiendo al cambio cultural que se viene experimentando desde que la globalización se acentúa. En esta medida, los teatros adoptan nuevas estrategias con el fin de modificar sus objetivos sociales y conservar un número corriente de espectadores, entre las que se encuentran la presentación de obras con impacto social y la pérdida del discurso en la escenificación -ésta última, busca la implementación de métodos como el body-art y el gag para incrementar el pathos de la obra presentada-.

La primera de las estrategias es implementada por los teatros de acción social. Este tipo de instituciones se encarga de vincular a grandes y diversos sectores de la población en la creación de las obras de teatro, un proceso que se lleva a cabo de forma organizada. Pero que, al final, exige espontaneidad en la escenificación.
El hecho de adherir a los jóvenes, adultos e incluso a niños permite, por una parte, que la narración o discurso teatral resulte heterogéneo, involucre y represente las principales problemáticas por las que atraviesa la comunidad; por otra, plantear una queja al respecto. Son éstos teatros los medios de denuncia y de expresión que debe buscar la población.
A través de ellos, se aprenden cosas nuevas como los conocimientos teóricos sobre el teatro y las artes, los modos en que es posible desarrollar la capacidad creativa y la puesta en marcha de iniciativas, características inherentes en todo ser humano. Esto quiere decir, que la inversión destinada al mejoramiento estructural y publicitario de los teatros tendrá las mismas repercusiones sociales que la ampliación del sistema educativo porque, los programas de creación artística impulsados por estas instituciones también son espacios de enseñanza técnica de los que se beneficiarían muchas personas.
En los teatros de acción social, los artistas logran adquirir una actitud crítica ante la tradición, las organizaciones capitalistas y la explotación comercial; la cual refuerza la idea de que la sociedad necesita un cambio y que el medio para lograrlo debe ser universal y abierto a todo tipo de público. Con esto en mente, las instituciones teatrales de acción social pueden configurarse como teatros didácticos, de agitación (agit-prop) o de bulevar: el primer tipo de teatro, pretende “instruir a su público con herramientas didácticas, invitándolos a reflexionar sobre un tema, a comprender una situación o a adoptar una determinada actitud moral o política”; el segundo, es una “forma de animación teatral que aspira a sensibilizar a un público frente a una situación política o social[1]; y el tercero, es un teatro que se burla de los defectos de una burguesía que, en el caso colombiano, sería una invención moderna.
En Santiago de Cali, los temas sociales son incorporados en las presentaciones de tres instituciones en particular, que se clasifican en la categoría de los teatros didácticos. Encontramos a Esquina Latina, el cual nace de la iniciativa de unos estudiantes de la Universidad del Valle en el año de 1978 y que, actualmente, se dedica a implementar programas de vinculación (municipal y departamental) como la red popular de teatro y la plataforma juvenil socio-teatral. Los ejercicios que se llevan a cabo en estos programas ponen de manifiesto las causas y consecuencias socio-culturales de los problemas ambientales, de salud pública, violencia intrafamiliar, desplazamiento forzado, violencia juvenil, maltrato a la mujer, mal manejo de las basuras y defensa del agua como un bien público. Es a través de las redes teatrales de Esquina Latina como los miembros de la comunidad pueden convertirse en líderes y gestores de cambio.
También tenemos al teatro la Máscara, una organización cuyo éxito nacional e internacional ha estado determinado por la presentación de obras con un aire de femineidad. Esa característica ha transformado radicalmente los ideales del teatro: ahora buscan realizar proyectos de apoyo a la comunidad con énfasis en las organizaciones de mujeres y reivindicar socialmente a la mujer a través del teatro. La Máscara es una institución preocupada por lograr una igualdad, real y efectiva, entre géneros.
Podría mencionar por último, al Teatro Imaginario, cuyos esfuerzos por mantenerse vigente a pesar de los cambios culturales, son especiales: al ser un teatro nómada, que no tiene un lugar propio y definido dónde presentar sus obras, demuestra la efectividad de la primera estrategia -la implementación de obras con impacto social-. Teatro Imaginario, al igual que los anteriores, ha ejecutado obras con contenidos cotidianos que, además de denunciar, invitan al público a realizar un esfuerzo lógico por determinar de qué problema se trata en la obra. Por esto, las presentaciones resultan divertidas y pedagógicas, aptas para todo tipo de público.
Sin embargo, hay que dejar claro que el que los teatros empiecen a presentar obras con impacto social, no quiere decir que su aporte al patrimonio artístico teatral se reduzca. Por el contrario: enriquecen el sistema cultural al vincular tanto el sector público como el privado, y al propiciar un intercambio de ideas entre grupos étnicos, minorías políticas, comunidad de actores y de directores.

La segunda estrategia -la pérdida del discurso en la escenificación- utilizada por los teatros como respuesta a la globalización y a la ruptura de fronteras culturales, es una salida relativamente fácil, que denota la influencia del contexto de violencia en nuestro país sobre las obras teatrales.
La pérdida del discurso en la escenificación está basada en la idea de que la sociedad es conformista debido a la violencia, esto es: que en el campo cultural la comunidad no se preocupa por exigir presentaciones de alta calidad, une pièce bien faite. El público se satisface únicamente con la idea de que el teatro es un medio de diversión para olvidar los problemas y, por tal razón, se ha generado una desaparición gradual de los teatros de narración oral.
Vemos entonces que la utilización de métodos como la pantomima se ha extendido a lo largo de los actos teatrales y que la utilización de imágenes fuertes que reemplacen los diálogos, por ejemplo, el body-art o el gag son cada vez más corrientes. Incluso, aquella pérdida de diálogo ha supuesto una desaparición del contenido ideológico de las obras: “…el silencio, en este caso, sí parece ser más elocuente que la palabra[2].
En este sentido, diversos teatros en Cali se caracterizan por recurrir a lenguajes inventados, a la coreografía y a la música, para existir de acuerdo a la idea del “todo vale” del postmodernismo. Por un lado, nos encontramos con el Teatro Salamandra que además de contar con su propio grupo creativo llamado “Barco Ebrio”, es el centro de eventos como el festival musical “A jazz Go” que ilustra una característica importante de muchos de los teatros en la actualidad que tiene como consecuencia la pérdida del discurso: la búsqueda de vías alternas a las presentaciones teatrales. Poco a poco, la importancia de la transformación del texto en discurso teatral o proceso de mímesis, ha disminuido. En estos teatros ya no es necesario que los grupos creadores de base se reúnan constantemente para evaluar nuevas expectativas y nuevos temas para la escenificación. Se vuelve innecesario el estudio de la palabra. Su necesidad económica se ha interpuesto sobre la artística, atentando contra el legado cultural de este teatro en particular.
Pero no podemos juzgar la condición del teatro Salamandra ya que la inversión por parte del municipio al fomento de programas de cultura es mínima y exige la búsqueda de soluciones rápidas y efectivas para atraer más espectadores, incluso cuando éstas signifiquen sacrificar la calidad teatral. Pues, en un mundo regido por principios lucrativos, algunos teatros se convierten en empresas que deben generar un margen de beneficios para garantizar la permanencia en el mercado cultural.
Por otro lado, tenemos a Domus Teatro. Esta institución, que en el presente año celebró su quinceavo aniversario, ha tenido logros importantes en materia cultural. Pero la cuestión está en qué campo se dieron dichos logros. El teatro ha venido prestando sus instalaciones para el desarrollo de conversatorios, exposiciones de arte, presentaciones musicales y de grupos de danza. La prestación de las instalaciones a este tipo de actividades refleja la notable disminución del estudio teórico del teatro desgastando, en forma gradual, el texto verbal. Básicamente, se trata de una huida del lenguaje referencial. ¿Hasta qué punto se puede considerar como un “teatro”? Es necesario que la institución cuente con un grupo teatral de base que lleve a cabo el proceso creativo para ser considerado como “teatro”. Si bien es cierto que a través de la pintura y la música podemos expresarnos -siendo éste el fin último de las instituciones teatrales- no obstante, la diferencia radica en que el teatro hace uso del arte escénico y las capacidades histriónicas para llevar a cabo ese objetivo. De lo contrario, se trataría simplemente de un escenario de alquiler.
Es curioso que los teatros desprovistos de diálogos son los más reconocidos entre la población. La paradoja es ésta: la gestualidad, coreografía y demás métodos que penetran las obras, obligan al espectador a hacer una profunda reflexión para comprender el mensaje que quiere transmitir el acto; y, al mismo tiempo, esos métodos -que resultan muy empíricos- expresan la incapacidad del espectador de apropiarse y comprender la palabra.

Desde el periodo en el que se configuraron los Estados de Bienestar (siglo XX), en los que se fusionan la acción del gobierno y del libre mercado, la influencia de las actitudes capitalistas sobre la gestión administrativa se ha incrementado y esto conduce a la proliferación de los intereses de las élites. Por esta razón, a pesar de que el contexto colombiano exige que se denuncien dichas actitudes -a través de las cuales se propicia la expansión de la brecha entre ricos y pobres-, existen algunos teatros que todavía conservan esa mentalidad y que aún no adoptan un sentido puramente social[3]. Este tipo de instituciones teatrales se conocen con el nombre de teatro burgués: “producido en una estructura económica de máxima rentabilidad y destinado a un público que no repara en gastos para consumir una ideología[4].
Y en la ciudad de Santiago de Cali, esa categoría teatral se ve representada por Cali Teatro.
Cali Teatro es una institución de las élites de la Administración Municipal. Éste es un claro ejemplo de cómo deben implementarse las inversiones culturales (si acaso fueran suficientes para destinarse a los demás teatros). Cuenta con una infraestructura con capacidad para 150 personas, cafetería y un área administrativa que satisfacen las exigencias del consumidor -en este caso ya no podemos referirnos a “espectador” porque la demanda comercial exige el uso del otro término-. Además, tiene la ventaja de que la información para contactarlos se puede encontrar directamente en la página de la alcaldía de Cali, es decir, cuenta con su propia red publicitaria.
Por lo anterior, no es extraño encontrar en esta página una descripción muy elocuente de Cali Teatro en la que se mencionan todos los premios que ha recibido por la “importante” función que desempeña en la sociedad. Este teatro no ha tenido que modificarse porque cuenta con el apoyo de la gestión pública.
No obstante todo lo anterior, no se trata en estas páginas de poner en tela de juicio la calidad de las obras teatrales que allí se presentan. Cali Teatro es la excepción al giro -un poco izquierdista- que han tomado varios de los teatros de nuestra ciudad.
Sin embargo, veremos un cambio en las instituciones en el momento en que los ciudadanos se den cuenta de que es posible influir en las decisiones que toman nuestros representantes y así lograr una cultura ciudadana que acoja a la institución teatral como principal medio de expresión. Y, en el momento en que esto suceda, Cali Teatro se encontrará atrasado con respecto a las demás instituciones. Por tal razón, es mejor implementar las estrategias desde este momento y asegurar un futuro estable para la cultura caleña.

En conclusión, el cambio de mentalidad de la sociedad caleña -que se ha vuelto consumista y materialista- ha desbordado en un sinnúmero de adaptaciones por parte de las entidades culturales. Específicamente, los teatros se caracterizan por adquirir nuevas habilidades para poder sobrevivir al entorno volátil. Al parecer, dichas instituciones no son la principal opción de los caleños cuando de divertirse se trata. Por eso es fundamental que reconozcamos sus estrategias, sus formas de responder a la degradación de nuestra sociedad.
Los teatros son medios de revitalización cultural cuya efectividad está garantizada por la capacidad de invitar al espectador a ver reflejadas en las obras, su vida y sus experiencias personales. Es esa cercana relación entre los actores y el público, lo que define el alcance, educativo y moral, de los teatros.
El empeño de los teatros caleños por posicionarse como polos de atracción de las masas demuestra que no debemos dejar que un contexto marcado por la violencia y los problemas sociales, tome ventaja sobre la idea de transformar la sociedad -una idea que actualmente ha dejado de ser utópica-.
El legado cultural de la ciudad de Santiago de Cali es rico y diverso, y determina -en últimas- la imagen de esta ciudad, tanto a nivel nacional como internacional. De ahí que sea la cultura una fuente de desarrollo y que la inversión pública en entidades como los teatros sea vital para su consolidación.
Y aunque hacer la diferencia es un proceso largo y complicado e implica reconocer cuáles son los sectores más desprotegidos de la sociedad, los teatros han logrado marcar una pauta en este sentido al lograr vincular a diversas comunidades que enriquecen nuestro patrimonio cultural.
Pero la responsabilidad de mantener una cultura autóctona no recae únicamente en las instituciones teatrales, ellas son sólo facilitadoras; sino que es de todos los que vivimos en esta población. Y el cambio empieza por nuestra conciencia, por una rebelión hacia las estructuras meramente capitalistas que atentan contra la humanidad. No pretendo, desmeritar el sistema económico que ha permitido el desarrollo de muchas regiones, sino que es necesario velar por que la implementación de un Estado de Bienestar no se quede en teoría sino que sea aplicable en la práctica. Y la forma de incentivar dicha implementación en el área que aquí he tratado, es atendiendo a las presentaciones teatrales que son fuente de civismo y diversión para todas las edades. La manera como se consuman las dos estrategias fundamentales en el contenido de las obras, es otro tema que amerita un estudio más profundo.


[1] PAVIS, Patrice. Diccionario del teatro: dramaturgia, estética, semiología. Barcelona, Paidós, 1998.
[2] RIZK, Beatriz. Posmodernismo y teatro en América latina teorías y prácticas en el umbral del siglo XXI. Madrid, Iberoamericana (2001).
[3] Por “sentido social” no me refiero a que estén abiertos a todo tipo de público, sino, hasta qué grado son implementadas estrategias de denuncia para la sociedad.
[4] PAVIS, Patrice. Diccionario del teatro: dramaturgia, estética, semiología. Barcelona, Paidós, 1998.